13 nov 2014

"Ya tenemos más coroneles y generales de aviación, que aviones y más almirantes y capitanes de navío, que navíos."

Discurso de Jorge Olavarría 5 de Julio de 1999



"Señor Presidente Constitucional de la República. Señores Presidente y Vicepresidente del Congreso Nacional. Señores Representantes de los Poderes constitucionales de la República. Excelentísimo señor Nuncio de su Santidad, Decano del cuerpo diplomático y Excelentísimos señores Embajadores y Honorables Encargados de las misiones diplomáticas aquí presentes. Señoras y señores.

Esta solemne celebración, la última del siglo, coincide con una hora menguada de la patria. Es una hora triste, tensa y bochornosa. Preñada de peligros y de amenazas para los que queremos vivir en libertad y democracia, bajo el imperio de la ley.

No es hora de historias pasadas. La historia se está haciendo aquí y ahora. Es la circunstancia la que nos exige seguir el ejemplo de los próceres que firmaron la declaración de la independencia. De los que fundaron las bases y sentaron los principios de un Estado Constitucional en el cual la ley respetase la virtud y el honor, como lo cantaba una cancioncilla que andaba por las calles de la Caracas de aquellos días. Es la hora de hacer verdad el himno que hoy cantamos. Es la hora de hacer como ellos. No de hablar de ellos. Porque si no, seguiremos cantando que el vil egoísmo, otra vez triunfó.

Con el recuerdo de las heroicidades de los libertadores no vamos a exculpar las cobardías de hoy. Así no aprenderemos las lecciones que, con el sacrificio de sus vidas, nos dieron quienes firmaron el Acta que acaba de ser leída. Con esa retórica, apenas lograríamos anestesiarnos el dolor de las verdades que hoy nos abochornan y que nos han traído donde estamos. Por ese camino no nos vamos a encontrar jamás con nosotros mismos.

Los hechos de hoy plantean ante la conciencia moral de los venezolanos de hoy la obligación de hacer algo por lo que hoy amenaza la esperanza de cambiar lo que hay que cambiar, pueden hacer y van a hacer retroceder a Venezuela a un ayer, cuyos atavismos de violencia están latentes, y sólo falta alguien que los despierte. Y alguien los está despertando.

Mañana nadie podrá declararse eximido de responsabilidad, si hoy cada quien no asume la responsabilidad que le corresponde. Sin egoísmos. Sin cobardías.

Para las revoluciones que están revolucionando al mundo de hoy, la retórica heroica de las revoluciones de ayer, de poco vale. Esa retórica heroica no nos hace más ricos, ni más sabios, ni mejores ciudadanos. No nos consuela de lo que somos, con el recuerdo de lo que fuimos. Lo que ellos hicieron ayer, no nos exime de lo que nosotros, aquí y ahora, debemos hacer hoy.

La valentía que vale en el mundo del siglo XXI, no es la valentía del asaltante temerario. Es la valentía del saber, la valentía del trabajo, la valentía del dominio de una tecnología que ha cambiado al mundo en los últimos años, más que todos los cambios del milenio que concluye y que va a cambiar la dinámica política de las sociedades humanas a extremos que la imaginación no alcanza a imaginar.

Esa debe ser la valentía de los venezolanos que tienen que ser valientes en el siglo XXI.

Para ellos, los venezolanos que hoy y ahora tenemos alguna responsabilidad, debemos tener, hoy y ahora, el valor y la decisión que se necesitan para enfrentarse a la orgía de insensatez demencial que nos empuja hacia atrás. Que nos lleva a desandar caminos andados. Que nos induce a repetir errores cometidos.

Si los venezolanos nos dejamos alucinar por un demagogo dotado del talento de despertar odios y atizar atavismos de violencias, con un discurso embriagador de denuncia de corruptelas presentes y heroicidades pasadas, el año entrante Venezuela no entrará en el siglo XXI. Se quedará rezagada en lo peor del siglo XX. O retornará a lo peor del siglo XIX.

El desprecio que el señor Presidente manifiesta por una Constitución que le otorga legitimidad a su mandato, pero que él sentenció a prematura muerte, no nos aclara los términos de la Constitución de sus verdaderas intenciones con la cual propone reemplazarla.

Por lo pronto, está claro que nadie puede ignorar las repetidas amenazas que el señor Presidente ha proferido en contra del Congreso; de la Corte Suprema de Justicia y sus Magistrados; del Fiscal y del Contralor de la República, del Consejo Nacional Electoral y de las Fuerzas Armadas. Ni un sólo Poder Constitucional ha sido eximido de sus amenazas. Ni uno solo.

Y no es que la imagen que el país tiene de estos poderes sea inmerecida. No. Si hemos llegado a una situación en la cual estas amenazas se profieren sin que el país se ponga de pie para protestarlo, es por algo.

Pero estas no son las amenazas de un reformador de lo que se niega tercamente a ser reformado. Son los anuncios de un destructor.

El señor Presidente amenazó a la Corte Suprema de Justicia con lanzar a sus seguidores a la calle a manifestar en su contra, si decidía un recurso interpuesto en forma que él consideraba contraria al pueblo. Y no pasó nada.

Un pueblo en cuyo nombre dice hablar y del cual alega haber recibido un mandato de poder absoluto y dictatorial. Así lo consignó por escrito, en una memorable carta enviada a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Reclamó para si la exclusividad en la conducción del Estado. El Señor Presidente cree, sinceramente, que el Estado es él. Que él es el único representante del pueblo.

Cuando la Corte Suprema de Justicia decidió en una forma contraria a la que él esperaba, el Presidente acusó a sus magistrados de estar coludidos contra él y, en repetidas ocasiones posteriores, de corrupción. Y no pasó nada.

El señor Presidente ha instado repetidamente al desacato por la Constituyente a ser elegida, de los términos del mandato aprobado por los electores en el referéndum, cuyas bases clara y explícitamente le negaron a la Asamblea Constituyente a ser elegida, el carácter «originario».

La Corte Suprema de Justicia ha negado el pretendido carácter originario de la Asamblea. Sin embargo, el señor Presidente ha afirmado y reafirmado repetidamente, que la Asamblea Constituyente va a disolver los poderes, va destituir a los Diputados y Senadores y a los gobernadores de los Estados, tan legítimamente elegidos como él, va a destituir a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y a todos los jueces y va a nombrar sus sustitutos porque alega que su origen está viciado, y que esa Asamblea va a derogar, modificar y hacer Leyes, todo ello antes de aprobar la Constitución y antes de que esta sea aprobada por el pueblo en un referéndum.

Nunca antes, salvo los días de Boves y Morales, se había hecho una predica tan clara y abierta en favor del caos y la anarquía. Nunca. Los más radicales revolucionarios han predicado un orden nuevo. Pero orden. Nadie ha predicado el desorden, la incertidumbre y la arbitrariedad como ideales para construir una república.

El Presidente pretende equiparar la elección de la Constituyente con un hecho revolucionario, creador de un gobierno de facto. Estamos, pues, ante la necesidad de desvelar un enorme engaño, que nos está invitando a elegir no a unos representantes encargados de hacer una nueva Constitución, sino a unos Dictadores.

Unos Dictadores tumultuarios que amenazan abrir juicios populares a todo el que ellos califiquen de corruptos. Juicios en los cuales los principios cardinales del Derecho que le han costado dos milenios a la humanidad consagrar como derechos intangibles, sean reemplazados por el trágico eufemismo de la justicia popular que nunca ha sido justicia y siempre ha terminado masacrando al pueblo. Una asamblea dictatorial obediente a su voluntad que tendrá, según dicen, el poder de disponer de nuestras vidas y bienes a su arbitrio, pues no estarían limitados por más ley que su voluntad.

Además el Presidente ha instado al Consejo Nacional Electoral a la violación de las bases comiciales para la elección de la Asamblea Constituyente. Unas bases que él mismo propuso y que aprobadas por el electorado en el referéndum, fueron vertidas por la autoridad electoral en un reglamento que ahora, el señor Presidente se niega a respetar, alegando que puesto que no hay ley que regule la elección de una Constituyente, él puede hacer y decir lo que le venga en gana para promover a sus candidatos, así se lo prohiba la ley y las bases comiciales que él mismo propuso y que se aprobaron en el referéndum.

En esta línea de palabras y acciones, el señor Presidente apoya abiertamente a los candidatos de su parcialidad y para ello hace uso público y notorio de recursos del Estado. Cuando el Consejo Nacional Electoral le amonesta, el Presidente hace burla del arbitro electoral, de la amonestación recibida, anuncia que seguirá haciendo lo mismo y lo sigue haciendo. Cuando el Contralor anuncia su decisión de investigar el hecho, el Presidente lo ofende y lo descalifica.

El hecho es dramáticamente claro, señoras y señores. El señor Presidente de la República ha violado su deber de respetar y de hacer respetar la Constitución y las Leyes de la República. Nadie puede negarlo.

No digo que el Presidente ha violado su juramento, porque lo dio en forma harto irregular, al extremo que puede decirse que no juró como se lo manda la Ley. En ese momento calificó de «moribunda» a la Ley Constitucional y no se si dijo que juraba respetarla o terminarla de matar.

Pero si la respuesta del señor Presidente a la pregunta ritual que le fuera formulada fue equívoca, la autoridad que le tomó el juramento, lo entendió por dado cuando le dijo:

Si así lo hiciéreis, que Dios y la patria os premien. Si no, que os lo demanden.

No lo ha hecho. No ha respetado ni ha hecho respetar la Constitución y las Leyes. Por el contrario, ha instigado abiertamente a su desobediencia a las obedientes y no deliberantes Fuerzas Armadas. Y como Dios anda muy ocupado en cosas mas importantes, y la patria somos todos y no es nadie, alguien se lo debe demandar.

Hace tres días, en su condición de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales, el Presidente violó su juramento constitucional de respetar y sostener la Constitución y las Leyes, cuando promovió a treinta y tres oficiales de las Fuerzas Armadas cuyo ascenso había sido expresamente negado por el Senado de la República, en legítimo ejercicio de su atribución establecida en el Ordinal Quinto del Artículo 150 de la Constitución.

Además de esto, que es obvio, y debe producir acciones inmediatas por parte de quienes están obligados a tomarlas, lo que el Presidente Hugo Chávez está haciendo con las Fuerzas Armadas, legal, paralegal, metalegal o ilegal, va a llevar a la destrucción de una de las instituciones de mayor prestigio en la sociedad venezolana. Una institución cuyo nivel de profesionalismo, había costado muchos esfuerzos de muchos años lograr.

La atribución del Senado, ejercida en sintonía con lo que las instancias de evaluación interna de las Fuerzas Armadas habían decidido en relación a los oficiales cuyo ascenso negó, no la inventaron los que el Presidente Chávez llama las «cúpulas corruptas» de los partidos. El primero que lo propuso y lo introdujo en el proyecto de Constitución que presentó al Congreso de Angostura de 1819 fue Simón Bolívar.

Desde el mismo inicio de su carrera militar, la preocupación de Bolívar por la disciplina del Ejercito y su acatamiento a la autoridad civil y constitucional fue constante.
...
«No hay estado beligerante sin tropas, y no hay tropas sin disciplina.»
...

Si la Ley se rompe por quien tiene que respetarla y hacerla respetar, se acaba la disciplina. Se acaba la Fuerza Armada. Se acaba el Estado. Palabra de Bolívar. Así de clara. Así de sencilla.

La Constitución de 1830 repitió la atribución del Senado para autorizar ascensos y el carácter no deliberante de las Fuerza Armadas.

La Constitución Federal de 1864 omitió esta atribución del Senado y consagró la facultad de los Estados de tener sus propias Fuerzas Armadas, al extremo que la Fuerza Armada Nacional tenía que pedir permiso para pasar por el territorio de los Estados de la Unión. Esa fue una de las causas que llevaron al enguerrillamiento crónico que le siguió hasta que en 1908 Gómez tomó el poder y acabó con el federalismo y con sus caudillos.

Y esa fue la razón de la proliferación de rangos militares otorgados por el Mariscal Falcón y por los presidentes que le siguieron, por lo cual, para fines del siglo pasado Venezuela tenía más generales y coroneles que soldados. Y no tenía un Ejercito. Los ejércitos de entonces eran los partidos de entonces. Eran partidos armados. Eran fuerzas de ocupación al servicio de Guzmán Blanco o de Crespo, pero no de la Nación y mucho menos de sus instituciones.

Llegar a eso parecía una quimera. Regresar a eso parecía ayer una imposibilidad. Pero ese es el camino por el cual vamos. Por lo pronto ya tenemos más coroneles y generales de aviación, que aviones y más almirantes y capitanes de navío, que navíos.

La creación de un Ejército profesional, permanente y nacional se inició a comienzos de este siglo. Cuando Gómez apartó a Castro del poder inició con energía y decisión, la integración de las viejas montoneras del siglo pasado en un Ejército homogéneo, tecnificado y moderno. El paso fundamental se dio cuando el 5 de julio de 1910 se inició el primer curso en la Escuela Militar de «La Planicie».
…

Esos principios se consignaron en el capítulo III del Título IV de esa Constitución, que estableció que las Fuerzas Armadas Nacionales eran una institución «apolítica, esencialmente profesional, obediente y no deliberante, organizada para garantizar la defensa nacional, mantener la estabilidad interna y respaldar el cumplimiento de la Constitución y las Leyes.»

Al principio de la impersonalidad de la institución armada al servicio de la Nación y el de la exclusividad de la funciones militares incompatibles con funciones políticas, y de ratificar el principio, de la autoridad jerárquica suprema del Presidente de la República, se sumaron los avances que habían sido logrados en el gobierno de Gómez, como eran la exclusividad y el monopolio del Poder Nacional de mantener fuerzas armadas y poseer armas de guerra.

El apoliticismo de las Fuerzas Armadas quedó sentado claramente en el Artículo 99 de esa Constitución, y los mecanismos institucionales y legales y no discrecionales de ascensos recibieron jerarquía constitucional al establecerse en el Artículo 101 que los grados militares sólo podrán obtenerse conforme a la Ley, ratificando el principio bolivariano de la atribución del Senado de autorizar ascensos.

La doctrina militar del Estado Democrático quedó muy bien consignada en la Constitución de 1961 en su artículo 132, que establece con admirable elocuencia que las Fuerzas Armadas Nacionales forman una institución apolítica, obediente y no deliberante, organizada por el Estado para asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas, y el respeto a la Constitución y las leyes, estableciendo que el acatamiento de las Fuerzas Armadas a la Ley está por encima de cualquier otra obligación, reafirmando que están al servicio de la República, y en ningún caso, al de una persona o parcialidad política.

Yo pienso que el carácter no deliberante de las Fuerzas Armadas es indispensable al mantenimiento de su disciplina y esta disciplina es indispensable para la estabilidad de cualquier orden de gobierno, democrático o no.

Pero aunque no se piense así, el hecho es que hoy, la Constitución y la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas vigente así lo mandan. El mero anuncio por el Presidente Chávez de convocar una Asamblea militar para que los militares le hablen al país, es otra violación a la Ley y a la Constitución. Quizás la más peligrosa de todas. Hasta para él mismo y el mantenimiento de su autoridad.

Ha llegado la hora de recordarle al Presidente que los Poderes que él ofende y amenaza, merecen tanto respeto como el señor Presidente tiene el derecho de esperar de ellos. Pero estos poderes, además de ser acreedores del respeto, tienen poder y facultades positivas que el Presidente no debe desconocer o menospreciar.

El Artículo 192 de la Constitución establece que

«El Presidente de la República es responsable de sus actos de conformidad con esta Constitución y las Leyes».

El artículo 121 de la Constitución, advierte que el ejercicio del poder por el Presidente de la República «acarrea responsabilidad individual por abuso de poder o por violación de la Ley».

El artículo 46 de la Constitución establece que si el Presidente de la República ordena o ejecuta un acto que viole o menoscabe los derechos garantizados por la Constitución «incurre en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos».

La responsabilidad penal del Presidente de la República no es inmune a las consecuencias de la comisión del delito de abuso de autoridad por actos arbitrarios, y del delito de incitación a la desobediencia de las leyes.

La Corte Suprema de Justicia en pleno, tiene competencia para declarar si hay o no méritos para el enjuiciamiento del Presidente de la República.

La Ley establece que la acusación del Presidente de la República ante la Corte Suprema de Justicia es derecho de «cualquier ciudadano».

El Ministerio Público, también tiene esta facultad, según lo establece el artículo 220, ordinal 5º de la Constitución.

A la acusación deben acompañarse «los documentos, testimonios, informaciones de nudo hecho u otros medios de prueba que acrediten los hechos sobre los cuales ha de versar el juicio».

Recibida la acusación, la Corte Suprema de Justicia debe decidir si hay o no mérito para proseguir el enjuiciamiento dentro de las 10 audiencias siguientes de su presentación.

Si la Corte decide que hay méritos, lo debe participar inmediatamente a la Cámara del Senado, o a la Comisión Delegada.

El Senado está facultado para autorizar por el voto de la mayoría de sus miembros el enjuiciamiento del Presidente de la República. Hecho esto, el Presidente «quedará suspendido en el ejercicio de sus funciones» como lo establece la constitución viva y vigente.

El enjuiciamiento del Presidente corresponde a la Corte Suprema de Justicia en pleno, hasta sentencia definitiva.

El Presidente ha dicho reiteradamente que no le importa que lo enjuicien. A quienes me escuchan y les compete hacerlo, debe importarles. Si no lo hacen, no será por falta de causales.

Mucho medité acerca de lo que en esta hora y desde esta tribuna debía decir. Un viejo y sabio amigo me había aconsejado: «Deja hablar al venezolano angustiado que tienes dentro»… Eso es lo que he hecho. No se si he acertado con lo que se debe decir en este momento. Sólo se que he hablado como mi conciencia me lo manda. Eso me basta.

¿Qué más se puede decir para sacudir a los venezolanos que me escuchan y sacarlos de su apatía, de su conformismo, de su cobardía cívica? ¿Para alertarlos de lo que puede suceder y va a suceder si se deja pasar lo que se está diciendo y haciendo?

Yo no soy de los que ven en los dos escasos siglos de nuestra historia republicana, una secuencia continua de fracasos en el empeño iniciado en la fecha que hoy conmemoramos, de construir un Estado constitucional.

No es cierto que nuestras 26 constituciones sean la prueba de una sucesión constante de fracasos. Yo las veo como una secuencia constante de frustraciones. Y de la frustración siempre queda la esperanza que la constancia la lleve al éxito.

Las frustraciones de nuestra historia están eslabonadas por una sucesión magnífica, gloriosa de coraje y constancia en la defensa de los principios democráticos que fueron sembrados en un día como hoy, hace 188 años. De no haber sido por ese coraje y esa constancia, Boves habría triunfado.

En su día fueron más los que siguieron a Boves que a Bolívar. Pero para nuestra fortuna, no todos los venezolanos de entonces se hicieron soldados de Boves. Y no todos los venezolanos de hoy, son como los que ayer siguieron a Boves.

He dejado hablar al venezolano angustiado que tengo dentro. Porque no somos pocos los venezolanos que estamos angustiados por las tempestades que van a provocar los vientos de odio, de ilegalidad y de violencia sin razón ni sentido, que hoy se están sembrando. Es a esos venezolanos angustiados a los cuales les he hablado.

Y es por mis hijos y mis nietos y los hijos y los nietos de todos los que tienen hijos y nietos, por quienes he hablado. Ellos son los que van a vivir en la Venezuela del próximo siglo. Ellos son los que van a tener que pagar lo que hoy hagamos o dejemos hacer para detener, o dejar pasar, lo que tanto daño amenaza.

Mañana, mis hijos y mis nietos no me podrán reclamar el no haber dicho lo que debía decir cuando pude y debí decirlo. Lo dije. Yo cumplí. Ahora les toca a ustedes".

Nota: Fueron omitidas  algunas líneas referentes a la historia del ejército venezolano. 

20 sept 2014

Bendiciendo y agradeciendo.

Acabo de darme cuenta de que han pasado 22 años desde la tarde aquella en la que sellé un compromiso de hermana: pasé de ser tía a madrina y desde ese día fui: tía-madrina.

Nunca he sido más generosa en obsequios materiales mas que en cariño y enseñanzas. He procurado desde ese día ser ejemplo de alguna manera; intentar siempre un aporte positivo a la vida de esa pequeña que de alguna manera me hacía ser una gente responsable.

En casa soy la tía fuerte, la que da cariño, la que compra el helado y los chocolates, la que te lleva a pasear; pero también la que habla fuerte cuando hace falta. No me ha temblado el pulso para hacer llamados de atención cuando he sentido que es necesario. Eso si, siempre desde el amor, un amor inmenso que me enseñó a crecer. Desde el principio he pensado que con el compromiso debe ir la acción.

Nuestras vidas están unidas desde el respeto y el cariño. Me he sentido honrada cada vez que has venido a mi pidiendo consejo y prestando atención a mis palabras. No he sido yo, muy probablemente un ejemplo de vida; me he equivocado mucho, más de lo que quisiera llevar en mi bitácora, pero no podría arrepentirme de las enseñanzas que me han quedado. Y saber que a pesar de mis desatinos sea la persona a quien le pides el consejo me llena el corazón de alegría, emoción y compromiso.

Mi niña, has crecido mucho, eres mas grande que yo; y después de 22 años sigue presente ese tono dulce y cariñoso de respeto, esa manera de mirarme como si yo supiera mucho cuando apenas estoy aprendiendo a vivir mis días.
Mi niña, me has regalado un tesoro, un tesoro que nació de ti y que me llama "tía Aby mi amor". Ese tesoro me mira con una sonrisa de arequipe  y me dice que me quiere mientras aprende a hablar... y ahora,  mi niña,  me dices que quieres que tu tesoro crezca bajo mi brazo de tía-madrina al mejor estilo de una mamá-gallina moderna. Me dices que confías en mi para hacer ese compromiso de amor y yo he aceptado con el corazón hinchado de alegrías.
Pero, no te bastó,  no te has quedado con eso, porque eres tan bárbara en tu cariño y yo tan pequeña en el merecer que vienes a mi a pedir mi bendición al momento de sellar el inicio de tu nueva vida en compañía de tu amor, del amor con el que quieres emprender el futuro y me toca ahora bendecir ese futuro.

Estoy abrumada, siento que soy pequeña para tanto cariño y tanta bonita fe. Me siento inmensamente afortunada de tener el privilegio de ser querida al punto de que mi bendición y mi palabra sea "necesaria" para que esa mujer hermosa a la que le preparaba los Toddys frapé tarde en la noche cuando llegaba de visita, esa que todos dicen parece más mía que de su madre, esa que me convence de cualquier locura con una mirada de ángel y que me enloquece con su intensidad; para que esa - tu, mi niña- inicies tu camino al futuro.

Yo, que soy una persona agradecida en la vida, me quedo sin palabras, me quedo en el abrazo y saco mi pañuelo cuando recuerdo que tu me quieres como yo a ti.

Gracias.

16 ago 2014

Vivir en el laberinto

Todos hablan del tema como expertos, gente que dice que entiende, gente que quiere entender, gente que quiere saber.

Yo solo quiero olvidar…

Cuando el doctor te mira a los ojos y te dice: tienes un cuadro depresivo, hay mucho por hacer. Eso te marca la vida. Dices: "¿Y ahora qué hago? Eso no puede ser verdad, solo es un momento difícil."

¿Sencillo? Sencillo es entrar en negación. Buscar tantas risas, buscar excusas, buscar motivos; entonces tus días se convierten en una permanente búsqueda de excusas para negar, para decir que, como tantas otras veces: ese doctor está equivocado.

El momento rudo, en que solo quieres llorar y correr, es cuando te das cuenta que vienes saliendo de la farmacia con una cajita de antidepresivos y demás pócimas para ayudarte a superar aquello que no quieres repetir en voz alta.

- Ve al psicólogo, tenemos que conseguir ayuda y superar esto.
- ¿Superar qué? Yo estoy bien…
Justo ahí se complica la cosa…

En este momento con apenas algunas (muchas) preguntas sin responder en la terapia, solo puedo saber que en algún lugar, en algún momento encontraré las respuestas.

Cuando tienes la fortuna de tener a tanta gente amada a tu alrededor, sabes que la mejor terapia, la mejor pastilla es hablar en voz alta. Repetir tus pensamientos, los de alegrías y los de tristeza.
Un abrazo, un te quiero…

Decidir deshacerte de todo aquello que no aporta nada positivo a tu vida, es el mejor primer paso, desde la calma, desde la conversación extendida, desde la necesidad de aprender a superar el hecho que no estás en este mundo para salvar a nadie de nada.

Ser agradecido con la vida es un té de paz para el alma. Soltar las emociones fuertes, dejarlas ser; amarrar lo bonito, entenderlo, superarlo. No hay que ser genio para saber que la vida no es tan complicada, sino que nos encanta tomar atajos y perdernos en la salida del laberinto.

Me gusta tomar avenidas y calles estrechas, sin miedo, sin apuro. Estoy aprendiendo a respirar y disfrutar el camino, ver menos por el retrovisor y más por la ventanilla. Tomar aire y disfrutar cada suspiro, es justo y necesario.

Soltar no es fácil. Se te hacen cientos de nudos pequeñitos en la garganta y la voz no te sale, no se puede soltar un nudo que lleva una vida amarrado a la trenza del zapato.
Deshacer el nudo... solo las manos de esa gente que sabe construir sabe deshacer.

A todas estas, lo mejor de un diagnóstico es tener la oportunidad de buscar herramientas, saber que en algún momento encontrarás la correcta para ti y con ello, aprender a superar.

En fin, hoy comprobamos que eso de "escribe que algo queda" siempre vale la pena… En voz alta es mejor.

Un café, un suspiro y muchas ganas es mi mejor medicina.  Eso, y la sonrisa de mis amados cuando dicen Te Quiero es un guarapito para el alma.

No es una confesión, es una herramienta de liberación.


Gaby.